ARTE Y CULTURA | 11 de diciembre de 2016

El primer aullido

El grito que conmovió al blues, la interpretación que puso en vela a los críticos, el canto gutural que no dosificó la rabia. El recuerdo de Howlin’ Wolf.

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ESCRITO POR

Gustavo Grazioli

Uuoa oh, para tu tren/
y deja que se vaya a dar una vuelta/
¿por qué no me oyes llorar?/
buuuu huu, buuuu huu, buuuu
Smokestack lightnin’, Howlin’ Wolf.

Aquella, música del diablo, como se lo definió su madre al verlo después de mucho tiempo, fue la que lo puso en el podio de los faltos de mediatización, pero que sin embargo, terminaron siendo parte de un núcleo importante de influencia para el rock.

Sí, puede ser posible pensar en Muddy Waters o Johnny Cash, no estaría mal, pero me refiero a Chester Arthur Burnett, también conocido como Howlin’ Wolf (lobo aullador). Un negro que hacía latir los corazones ni bien abría la boca, un bluesman que medía alrededor de 1,98 metros y pesaba más de 130 kilos, fue el intérprete de grandes canciones que después fueron versionadas por bandas de rock archiconocidas. Por ejemplo: el tema Killing Floor que fue interpretado por la guitarra de Jimi Hendrix y su trío denominado Jimi Hendrix Expirience. Con cierta dosis de psicodelia y una introducción casi zapada la versión se convirtió en escucha fundamental para iniciar el camino de los ’60. Otras de sus canciones que saltaron al cancionero del rock fue Back Door Man con la versión que hizo The Doors.

Una historia que comienza con su nacimiento en West Point, Misisipi; un joven Burnett que trabaja en los campos de algodón y maíz de manera casi esclava y que emigró a Chicago en los años 50 para construirse la biografía de un cantante diferente. Haciendo que su voz estalle en cada grito y siendo inigualable en cada presentación en vivo. Burnett cargó con el apodo de lobo aullador por su particular forma de cantar y gritar en las canciones. Una de ellas, la que mejor representa esta descripción, se llama Smokestack Lightnin. Un canto desolador, donde se aprecia bien la fuerza de una voz que no escatima y revienta lo esperable del blues. Su arrollador estilo no necesitó ningún traje porque lo que imprime en sus canciones es el canto febril de un músico que a través de técnicas rudimentarias ha sabido volverse único. Fue él, cuando todas las bandas tocaban sentadas, quien se desprendió de ese paradigma y se llevó a la rastra al publicó yéndose a cantar entre medio de la gente. Los espectáculos habían comenzado a dar que hablar y un giro: mientras cantaba, bailaba, se movía a sus anchas por el lugar, todo era hipnótico. Un casi iniciador de la psicodelia invadía los circuitos con su estampa predominante de espontaneidad.

Otra historia se empezaba a hacer lugar con Wolf. Las canciones, cada una de ellas, más sus interpretaciones en vivo, fueron una persecución a la moral del estadounidense. Ya nadie iba a poder quitar los ojos de ese negro grandote que además tenía la manía de hacer algunos actos extravagantes para darle un poco más al espectáculo. Dicen los libros que solía agitar una botella de Coca Cola, metérsela debajo del pantalón, luego abrirse el cierre, asomar el pico y rociar al publicó de esa bebida. Antes de morir, ultimado por un cáncer, volvió a su ciudad natal para dar un show, pasó a ver a su madre y a dejarle plata. Ella tiró el dinero al piso, lo escupió y le endilgó que su música era del diablo.

Revista CIC :: Periodismo con intervención del cronista

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