ARTE Y CULTURA | 11 de diciembre de 2016

Tierra prometida

Hoy Sebastián Fonseca

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ESCRITO POR

Carolina Biscayart

(imagen Natalia Buch)

Una voz nueva en la narrativa de la región, nueva en el sentido de llegar a un libro. Una voz que se hace libro gracias a la creación de la Editora Municipal Bariloche, que a cargo de Eliana Navarro, busca acercar escritores a la gente, fomenta la escritura creativa en distintos sectores, y promueve valiosas instancias de intercambio confiando en el poder de la palabra escrita.

Hace tiempo que Sebastián escribe y limpia su estilo. Un estilo directo, expresado en acciones interrumpidas cada tanto por sentencias de sus personajes. En este modo narrativo, la vida se muestra como es, o como puede serlo a través de los ojos del que narra: sencilla y sensible. Así, la experiencia abre puertas a la conciencia, a otras posibilidades de comprensión, a nuevos interrogantes y certezas. La experiencia desde este mapa interior, es la que acerca cualquier verdad personal.

Fragmento de Pueblo perdido

Para ese entonces, ya me había instalado en el rancho que me hice acá nomás, en el bosque. Al rancho pude hacerlo gracias al negro Leguizamón, que me regaló las maderas y los plásticos. Cuatro veces tuve que cruzar el lago para traer todo eso. Tardé una semana en armar el rancho y después ya pude dedicarme tranquilo a mis cosas.

Cada dos o tres días, salía en la canoa bien temprano, pescaba un par de docenas de truchas tamaño plato y me iba hasta el pueblo para venderlas a un viejo conocido, dueño de un restaurante. A veces, también le llevaba algunos atados de leña para el horno de barro. Me pagaba en el acto y de ahí me iba derecho hasta el mercado. Con la mitad de la plata, compraba víveres para dos o tres días y los cargaba en la Estanciera. La otra mitad del dinero me la gastaba cenando en la Fonda de Copihue.

Así viví unos años, hasta que la semana pasada este viejo conocido cerró su restaurante y ya no pude conseguir que otros me compraran la pesca del día.

Pero un hombre hace lo que tenga que hacer para seguir viviendo, y yo ya tengo bien claro qué es lo que voy a hacer.

A la Fonda de Copihue voy a entrar arrastrando una bolsa de arpillera y, en el centro del local y ante la vista de todos, la voy a dar vuelta para que caiga y ruede la cabeza de esta bestia. En ese momento, voy a esperar hasta que alguien pregunte y, recién entonces y con mucha calma, contaré mi aventura.

Si algo aprendí escuchando a mi padre es que, para que un relato funcione, no es tan importante que todo sea verdadero, pero es fundamental que despierte la imaginación de quien lo escuche.

Podría empezar hablándoles de las presencias que habitan las aguas del lago Tigre. Decir, en tono confesional, que después de varios años de vivir de la generosidad del lago, entendí por qué no podemos ver a estos espíritus. Y es que no podemos verlos porque bajo el agua sus contornos son indefinidos y cuando salen a la superficie adoptan formas que nos resultan familiares. De manera que a veces son golondrina, otras cauquén o hasta libélula. Y, para dejarlos pensando, podría agregar que solo podemos ver a estos espíritus cuando comprendemos por qué razón no podíamos verlos.

Creo que voy a decirles, también, que siempre pensé que esta perca era una de esas presencias, hasta que la vi cazando y comiéndose a otros peces. Que la busqué durante diez días con sus noches, sin dormir, con la chuza en la mano, atento a los movimientos de la superficie. Que cuando por fin estuvo cerca y pude clavarle la chuza, entendí que me llevaría un buen rato lograr cansar a semejante pez. Que no me quedó otra opción que dejarme arrastrar por la cuerda tensa entre la canoa y la chuza clavada en el lomo de esta bestia. Que estuve dos días y dos noches así, siendo remolcado de a ratos y en diferentes direcciones por la perca agonizante. Que mientras tanto, comí truchas crudas arriba de la canoa. Que ver nuestro cielo de noche y reflejado en el lago, desde una canoa que cada tanto es tironeada desde las profundidades por un pez monstruoso, puede llegar a ser una experiencia enloquecedora.

También les diré que el alma de un hombre ya nunca será la misma después de quitarle la vida a un animal tan increíble. Que a medida que fui notando la creciente debilidad de los tirones, me fue ganando una imparable tristeza. Que minutos antes de darme cuenta de que la perca había muerto, me puse a llorar. Que tal vez aproveché la ocasión para sacar lágrimas acumuladas por años, porque cuando un hombre llora lo hace de verdad. Que todavía lloraba cuando por fin pude acercarla hasta un costado de la canoa y, como para ir cerrando la anécdota, podría agregar que no me quedó otra alternativa que remar hasta la orilla con la perca flotando a un lado, ya que no hubo manera de subirla a la embarcación.

Es muy importante que los testigos de mi relato solo vean la cabeza de la perca. La imaginación y el boca en boca harán el resto, tanto con el peso como con el tamaño. Supongo que así será como se arma una leyenda. Sin precisiones.

Sebastián Fonseca: Nació en Montevideo en 1974. Entre agosto del año 2000 y diciembre del 2004 completa la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. En 2012 se radica en Bariloche y se propone como principal objetivo escribir mil palabras al día. Pueblo perdido es su primer libro. Pueblo perdido recibió en el mes de octubre de este año, el Primer premio en narrativa del II Concurso de la Editora Municipal Bariloche, y fue editado recientemente por esta misma editora. Sobre por qué escribe el autor dice: “Escribo porque no puedo dejar de hacerlo”.

Revista CIC :: Periodismo con intervención del cronista

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